
Había que seguir dudando para llegar al abismo,
dejar de conformarse,
caminar por planos caminos
y rodearse de paisajes florecidos.
Había que dudar del sol
el suelo y las nubes,
la falta de tormentas,
fuertes vientos que recuerden
y lo anuncien.
Había que pensar que tal vez
la belleza de una flor no era todo,
no era el fin
del arduo y difícil recorrido.
Con la duda y el asomo,
el presentimiento fugaz
de lugares infinitos,
se accede a inmensidades que devoran
y ensanchan
por fin
el alma.
El abismo se anuncia
a través de un borde filoso,
salva al alma
y la revive.
di.
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