miércoles 6 de abril de 2011

El lócker/ Juan Carlos Méndez Guedez

A los Lugarcomunistas,
que acogieron con tanto cariño mis imágenes para su primera portada.




EL LÓCKER
Capítulo de "El Libro de Esther" (Lugar Común, 2011)
Cortesía de Luis Yslas

Siempre me gustaron las muchachas delgadas. Delgadas y muy blancas, tan blancas como esas mujeres de fotografía antigua, mujeres color perla, con pómulos y barbilla frágiles, como porcelana. Esther es así. No creo que el sol cortante y vertical de la isla haya podido transformarla. Cuando iba a la playa regresaba a clases con el rostro enrojecido, inflamado. No existía ninguna manera de que su piel se bronceara y exhibiese esos tonos cobrizos y espléndidos que Marilyn adquiría todos los finales de julio.

Por eso el amor, supongo. A los dieciséis años tenía noviazgos brevísimos y mordía los labios y senos de amigas ocasionales que jamás podrían figurar en las fotos sepia que yo tanto admiraba. Pero todas las excepciones tienen su ley. El primer día de clases de cuarto año una fotografía deliciosa y delgadísima entró caminando al salón y se sentó tres pupitres más adelante que el mío. Respiré hondo. Con disimulo me fui al otro extremo con la intención de quedar en un ángulo adecuado para contemplar a mis anchas aquel rostro encantador. Cuando pasaron la lista escuché su nombre: Esther. Paladeé un rato aquel sonido, suave en su inicio, rugoso en su final, y prometí de inmediato leer el libro bíblico para que Jehová me dirigiese por la senda de aquel cuerpo.

Me gusta mirar sin ser mirado. Es una manera de conocer el verdadero rostro y los verdaderos ojos de la gente. Cuando la mirada es intercambio y diálogo, es decir, cuando la otra persona se sabe mirada y te regresa la exactitud de ese gesto, sólo ocurre una escenificación. Miras la mirada del otro. Actúas como respuesta: te tornas flexible, áspero, dócil, agresivo, como contrapunto a la señal que atisbas en el ejercicio de esa otra mirada.

Recuerdo haber escuchado alguna vez que el árbol no sabe que es árbol, de allí su inocencia, su postura elemental y magnífica. Las personas no nos sabemos personas mientras no nos contemplan. Somos la exactitud de un cuerpo incompleto: brazos, piernas, tronco (sólo en el espejo o en las fotos tenemos rostro).

Por eso aquel día me detuve en Esther, conociendo la coqueta indolencia con que copiaba la clase de inglés, el modo en que sus labios repetían la pronunciación de los verbos, el guiño de los párpados cuando la luz del sol salpicaba su rostro.

Era contemplarla en su perfección. Íngrima en sus gestos, flotante, como si dentro de sí misma cada segundo fuese la desembocadura natural de un virtuosismo de lo cotidiano.

-Oye, ¿te recuerdo a alguien o es que acaso nos conocemos? –me dijo al salir de clases una sonriente fotografía de un metro setenta y un centímetros.

Quedé derrumbado. Tan deliciosa franqueza no entraba en ninguno de mis planes de acercamiento, así que traté de sonreír y pensar de inmediato en un proyecto alternativo.

–Te pareces a mi mamá –dije y de inmediato supe que había escogido la peor respuesta. Quise lanzarme a la piscina del liceo y nadar sumergido unas treinta horas pero afortunadamente la sonrisa extrañada de Esther apenas se había modificado un poco desde mi confesión freudiana.

–¿Cómo te llamas? –le dije–. Yo soy Edipo Rey.

–Pues entonces yo debo ser Yocasta –respondió, y quise arrojarme a sus pies y pedirle que jamás me abandonara a mi destino.

–Es inteligente, tiene sentido del humor y además es compasiva con la brutalidad –le comenté esa noche a Enrique.

–También tiene un culo muy bonito, no sé si te fijaste. Cuando lo vi me provocó recitarle aquello de “sobre ese culo un rayo de sol/sobre ese culo una gota de lluvia...”

No le presté atención a Enrique. Deseaba regodearme en el recuerdo de esa tarde. Luego de nuestra sesión psicoanalítica, Esther me invitó un café pues deseaba conocer a los nuevos compañeros de curso.

–Me parece muy bien, pero la cantina del liceo no es higiénica. Te invito una leche de soya.

–¿Y eso qué es?

–Un preparado vegetal. No produce gases, no forma piedra en los riñones y además tiene un agregado de calcio que es perfecto para los huesos.

–¿Y lo venden aquí?

–Tengo en mi lócker. Todos los días traigo suficiente pues no me fío de las bebidas de la calle.

Fuimos juntos y como a ella todavía no le habían asignado espacio le di copia de mi llave para que guardara sus cosas.

–¿No te importa verdad?

Sí, me importaba. Su estilo logró sacarme de quicio un par de veces pues ella colocaba los cuadernos según salieran del morral. Esa exquisita dejadez me oprimía el pecho, me revelaba la dulzura posible de una acción azarosa dictada por el caos más íntimo.

Pero el día de la graduación, cuando Esther dejó envuelto como regalo Piedra de mar, una de nuestras dos novelas (“así cada uno deberá imaginar el recuerdo del libro que tendrá el otro”, me explicó), entendí que el amor es esa calma con que yo ordenaba sus cuadernos según el tamaño para que tuviesen mejor presencia.

–Explícame algo –le dije–, ¿Por qué no colocas los cuadernos más grandes primero y los más pequeños después? El lócker se ve mejor así.

–No lo sé. ¿Y por qué debo hacerlo? –me respondió sorprendida.

–Pues por el orden..., tiene que haber un orden.

–Lo hay. Es un orden temporal. Primero coloco los cuadernos que utilicé en la mañana y luego los que utilicé en la tarde.

Al oírla quedé en blanco. Retomé esa inicial impresión que me asaltó en la clase de inglés: ese dulce abandono, esa serena suficiencia para existir en cada instante.

–Ella es el día viernes de todos los días –le comenté a mis amigos, y quedé silencioso, porque ya en ese entonces supe que para proteger aquello que nos hace felices apenas debemos nombrarlo.

* * *



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