Chacao, 11:00 am.

Comenzando un día un poco triste, me accidenté en medio de la calle Sucre en Chacao.
Era un día triste porque venía pensando en mis últimas dos semanas, y pensando en quién sabe qué cosas, tan dolorosamente recordadas que hasta el carro se sintió triste y decidió apagarse hasta quedarse, al igual que yo desde hace dos semanas, sin batería.
Para no dejarlo en medio de la calle, pude rodar hasta una esquina y ahí lo paré, en frente de una panadería y en pleno paso de peatones, Me tomaré un cafecito, pensé, mientras viene alguien a auxiliarme.
Llamé a una grúa y me dijeron que la libertador estaba cerrada y que tardarían al menos dos horas. Mis amigos estaban o en la Universidad, o en el trabajo, o haciendo de su día algo productivo. Mi papá estaba en una reunión y salía a las tres.
Me sentí sola e impotente, como quién de repente se da cuenta de su propia soledad y de lo insuficientes que somos a veces cuando nos encontramos a solas con nosotros mismos y en problemas.
Habrá que esperar. Y en la espera, voy a caminar.

Cuando me di cuenta que no cargaba la cámara me lamenté muchísimo, así que al ver a este señor y perseguirlo disimuladamente por dos cuadras, decidí que debía tomar fotos con el celular y bueno, asumir el riesgo. El señor iba caminando y vendiendo su cuadro a todo el que volteara, le daba tarjetitas hechas a mano y decía precios diferentes. Hasta que se detuvo a ver lo que todos en esa acerca estaban mirando:

No hay nada que a mi me genere tanta angustia como el lloriqueo de un gato pequeño. y estoy segura que a mucha gente también porque la gente decidió pararse, detener su caminar o sus quehaceres de mediodía, para ver quién chillaba de esa manera y por qué.
-Miren es un gatito en el último piso. Decía una muchacha que trabajaba en la panadería de enfrente, a su lado un grupo de hombres apostaba
-A que se lanza el gato. -A que no. -Total, no es que los gatos caen de pie pues? Bueno, de tanta gente mirando intenté tomar una foto del gato, quién al final, luego de caminar media hora en equilibrio por la reja, decidió rendirse y no lanzarse.

Hay una tienda de antiguedades, con una vendedora que fuma al fondo y que, irónicamente, se confunde con la mercancía. Huele a incienso a lo lejos y es un lugar oscuro, cuyo único brillo proviene de las figurillas de bronce o metal de todas las religiones posibles.
Al lado una tienda cerrada, con un 22 que no termina de serlo, pero sabe que lo es.

En el medio de dos edificios, se colea otro, que se pinta de rojo. Me imagino el apartamentito a lo largo, nada más. Y un hombre viejo y muy alto viviendo en el.
Por la acera una señora sumergida en sus pensamientos, que ni me vio acercar el celular a su encuentro.

Las monjas, aunque no lo crean, me traen buenos recuerdos. De mi infancia, de mi colegio. Pero aquí parecían seres desorbitados, buscando una calle que no existe, y susurrándose entre ellas.

Este señor pedía dinero de una manera muy peculiar. Me di cuenta porque al frente caminaba una mujer, el hombre estira el pie y la mujer se detiene. Qué hermosos ojos de mar. Le dice el hombre con su sonrisa desdentada. Ella se sonroja y le dice Gracias!. el enseguida responde Ok ahora dame real pues, tu crees que mi creatividad viene gratis?

Al principio, este grupito de niños se escondió en una peluquería, entraron corriendo como una estampida. Se escondían de un grupo de niños mayores, camisa azul, que los fastidiaba. Espiaban nerviosos desde la vitrina, hasta que uno de ellos decidió aventurarse, todos lo siguieron y lo vieron, al jefe. Bajaron la mirada y hubo silencio.
También un 22 escondido, que acabo de verlo.

Llegué a casa a las 4 de la tarde.
Al final no hay hombre como mi padre para rescatarme de problemas y no hay ser mas amoroso que Willy, mi perro, que te da un cariñito cuando más lo necesitas.
y también, la fotografía, es mi mejor compañía.
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